GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 11 - MAYO 2019
 

CONVERSACIÓN DE ESCUELA: El control participa de la formación del analista y de su garantía
Ciudad de México, 24 de marzo de 2019

Acerca del control
Jean-Daniel Matet

El testimonio público en la escuela está reservado a los AE en ejercicio, en tanto es paradigmático y es una performance del pasante que se reconoce y legitima ante un jurado a través de un pasador. Eso evita que uno u otro se vaya de su testimonio de lo que fue su experiencia imprescindible del análisis. Por eso también el pase es necesariamente el control que se impone a la definición lacaniana del psicoanalista.

Qué esperan las instancias de la Escuela si no es la intranquilidad que ellas mismas siembran en aquellos que ella reconoce como compete a su formación. Cuando Jacques-Alain Miller invitó a los analistas a hablar de sus análisis, levantó esta restricción en cuanto al testimonio en un gesto político: “Es hora de que hagamos algo con los psicoanalistas, de sacudirlos, de hacer que se expliquen, que se muestren, que luchen un poco por el pan, ya que todos viven de la renta que obtienen respaldándose en Freud o en Lacan” (1).

Sin identificarme al “profesional experimentado”, acepté que la Escuela me interpele a decir qué fue lo que me llevó a seguir una práctica de control. Siempre aprecié el hecho de que Lacan, que no cuestionaba nunca el título de analista a aquellos que se lo otorgaban en ciertas instituciones analíticas, no creía sin embargo que ello garantice auténticos efectos analíticos.

El control puede tomar varias formas, desde el control de un caso y la pregunta por el diagnóstico, hasta las condiciones en que la transferencia se ve comprometida. Ya que la transferencia permanece como el vector vivo del análisis sino contrariándolo, cuando hace obstáculo a la cura. Reconocerla, ya sea para contrarrestar o atenuar la corriente erotómana de la misma, sigue siendo una condición para la dirección de la experiencia analítica de pacientes psicóticos sin llevarlos al desastre, llegar en análisis hasta donde él mismo lleva sin forzarlo, a un cambio de posición.

El primer tiempo de control fue el de una práctica aplicada a la clínica y a la terapéutica. Fue también el momento de separar la demanda que se le atribuye a un otro que no demanda otra cosa sino que lo cuiden, de aquella que supone un saber y permite la transferencia.

Respondiendo a la llamada de Lacan en 1980 y decidido a seguir la orientación que daba Jacques-Alain Miller a la aventura del Campo Freudiano, de su Sección Clínica y de la Escuela, porque era la única capaz de asegurar el futuro del psicoanálisis, llegó el tiempo del final del análisis, tiempo que no tiene nada de instantáneo y que puede incluso durar hasta que una certeza se imponga y se cifre.
Esta dimensión política es solidaria de la experiencia y me parecía necesario un segundo control a la medida de mi compromiso en la práctica del psicoanálisis. El objetivo político siempre estuvo presente en el control, ya que nunca concebí la práctica del análisis como desconectada de las instituciones que la garantizan y que forman los psicoanalistas. Las preguntas sobre las opciones que esto suponía encontraron un lugar en este control sin que por eso se me ocurra hablar de otra cosa que no sea de aquello que sostiene el lugar del analista. Esto requiere un gran rigor de parte del analista que realiza el control, que no los deja caer en la asociación libre, agotada en su propia cura.

La exposición pública de la propia práctica también tiene valor de control, aunque dirigirse a un público no es lo mismo que hacerlo con un psicoanalista que pone la oreja, que compromete su escucha, su “súper-audición”, tomando el término de Lacan para reemplazar el de supervisión adoptado por la IPA. Es decir, ¿qué se espera? ¿Que el “controlador” escuche lo que el analista no escuchó? Para eso, es necesario que el relato del “controlante” se preste a ello. Hay una gran diferencia entre quien aporta las sesiones anotadas hasta en los más mínimos detalles, y aquel que generaliza el caso al punto de no darse cuenta de nada de su apuesta. Para estar a la altura del acto analítico, el controlador (sin ser el analista del controlado) tendrá que hacer precisar los detalles y cuestionar el por qué (2) de un silencio o de una posición.

En cuanto al diagnóstico sintomático, este deviene secundario sólo cuando ha sido bien explorado en las entrevistas preliminares. ¿Existen puntos de enigma para un sujeto cuya respuesta es la perplejidad o hay suposición de saber en cuanto al saber del Otro? Para mí, la cuestión diagnóstica ya no era el punto central de la experiencia de control, pero acompañaba la búsqueda de cierta autenticidad y legitimidad de la causa analítica, así como la construcción de su razón, es decir que la definición en términos de estructura sólo se impone para adaptar la respuesta a la demanda y proporcionar su acto ante la misma.

Dicho de otra forma, se trata de seguir de la manera más ajustada en la búsqueda de ese real que se pone en juego para cada uno y que justifica que la interpretación analítica, por medio de la transferencia, lo ponga en perspectiva y lo comprometa. El tratamiento de la queja, para que devenga demanda de interpretación por parte del sujeto-supuesto-saber, la movilización de los significantes identificatorios, sus desplazamientos para la obtención de efectos terapéuticos en el desafío de una cura analítica, limpia el terreno y permite el tratamiento del goce que acompaña al sujeto en su manejo de los objetos.

Ya no se trata del saber supuesto al analista o al controlador sino de la réplica esperada en el intercambio con un otro sorprendido, interesado o aburrido. Me ha pasado de recibir una indicación del controlador que me hacía comprender la lógica de mi propio discurso y me permitía dejarla de lado en la cura controlada. Lo digo para subrayar que la iluminación que ofrece el control sólo tiene por objeto dar los instrumentos para apoyar el acto analítico. No se trata de aplicar una consigna dada por otro, como sería la caricatura de analistas que se auto-reproducen por identificación.

¿Puede prepararse una sesión de control? En lo que a la asociación libre respecta, ella no es suficiente, excepto para continuar la cura psicoanalítica en otras formas. Pero tampoco se trata de una pura interrogación como si el analista fuese un sabelotodo que puede responder a todas las preguntas técnicas. No significa que no se pueda ir al control con una pregunta, incluso la pregunta es lo que hace que se siga un control. Apoyar el trabajo de análisis es también apoyar la función, el lugar que un sujeto en la transferencia les ha asignado para acompañarlo algunas veces a lo largo de su existencia. Esto no siempre es fácil, y el controlador puede señalar en ocasiones que el analista no estaba tan destituido como lo suponía.

La continuación del control es la respuesta adecuada a la praxis analítica contemporánea. La definición diagnóstica ya no tiene la misma tonalidad que tenía en la búsqueda de la psicosis cuando ésta se esconde bajo las apariencias de la neurosis: inhibición insistente, fobias que no lo son, angustia de fragmentación que no es consecuencia de una anatomía inconsciente, despersonalización más cercana a la ruptura del vínculo social que de un sentimiento de extrañeza de la relación con el mundo.

La clínica contemporánea, tanto la de los nuevos síntomas que hay que actualizar siempre, como las de las soluciones a las que los sujetos recurren, nos obliga a hacer algo con la demanda. No se trata simplemente de separar aquellas demandas que no pertenecen a la práctica del psicoanálisis –además, hay que saber hacerlo cuando una oferta de palabra puede ser perjudicial para el sujeto-, de lo que se trata es de recibir la demanda teniendo en cuenta la falla simbólica estructural que existe en el corazón de todo discurso humano. Esta falla marcará el límite y al mismo tiempo será la clave de una solución futura. Es el real de esta falla lo que el analizante explora, es de esta exploración que el sujeto hace su análisis, y descubre cómo las identificaciones y luego los síntomas son la forma en que de tratar ese real.

Este trabajo minucioso de encaje que hace el analizante o la analizante requiere la presencia de un analista que pueda notar, subrayar, interpretar, los puntos que saltan y los agujeros demasiado flojos o ausentes, eso pertenece a su acto mismo. Para mí, la actividad de control tiene esta función de llevar al analista a su dirección, a su orientación. Ya sea que se trate de una sesión o un caso puntual, o del seguimiento de una dirección a través de varias sesiones de análisis, incluso de secuencias más largas, no busco el consentimiento del analista en el sentido: “es usted quien lo ha dicho”, sino una respuesta que esté a la altura del real en juego en la dirección de la cura.
«La verdad es que Lacan, quien decía contrariamente a Freud que los análisis terminan, nos ha lanzado al mismo tiempo por el camino de una formación de la que es demasiado poco decir que es permanente: es infinita” (3).

Caso de urgencia
El tiempo lógico, tan valioso en la elaboración lacaniana, puso de relieve la función de la prisa y Lacan nunca la abandonó, incluso en sus indicaciones más tardías, como nos recuerda este texto de 1977 Prefacio a la edición inglesa del Seminario XI, destacado en versión bilingüe en Lacanian Review, con las dos sesiones del curso de JAM Le dernier Lacan en 2006-2007, nos da una lectura admirable hasta convertirla en el colofón de la enseñanza de Lacan, este toque final del editor que indica el final de una obra y en cierta forma su testamento.

Antes de pasar a la urgencia tal como la emplea Lacan, tratemos de hacer caso del caso. ¿No les sorprende encontrar esta expresión en un último texto de Lacan? Si hubiéramos hecho un test lacaniano, estoy seguro de que muchos de nosotros la habríamos situado al principio de su enseñanza, siguiendo el hilo de Freud, ya que la transmisión clínica de Freud se hizo bajo esta denominación: los cinco psicoanálisis son casos. Lo que sorprende no es que se califiquen así las construcciones y elaboraciones clínicas a las que se atribuye un valor paradigmático, sino que Lacan hable así de sus analizantes. El psicoanálisis se inscribió en la tradición psiquiátrica para hacer existir una clínica clasificatoria donde cada matiz sintomático se demostraba.

Los farmacéuticos-psiquiatras han disuelto el caso para privilegiar sólo algunos signos objetivos de la acción del medicamento, esperando así acercarse a los ideales de la ciencia. Pero, como afirma Lacan en una conferencia en Bruselas en 1977, el conocimiento científico no se confunde con la ciencia, lo que le permite decir que el verdadero punto de fuga de la ciencia, lo real, es también el del psicoanálisis. Dado que el psicoanálisis opera con el sentido, el de la interpretación, de lo que se trata en una cura, y tendremos testimonios de los AE, es de la reducción al extremo de este sentido.

Es por eso que Lacan, como nos ha demostrado a menudo Jacques-Alain Miller, nos da todas las oportunidades y la elaboración de esta reducción de sentido que podrá dejar entrever este punto de fuga de lo real, que por no observarse se puede deducir como hipótesis fundacional de la experiencia analítica. Pero ¿cómo poner en orden y dar cuenta de lo que se va diciendo en la cura? ¿Cómo escaparle al carácter objetivante de la construcción del caso que intenta ordenar los elementos para la demostración? Freud aporta una respuesta incluyendo al practicante en la construcción misma, sus intervenciones e interpretaciones forman parte de los casos de los cinco psicoanálisis. El control de la práctica se convierte rápidamente en parte de la formación del psicoanalista.

Su análisis con Fliess abre el camino a Freud de lo que Jacques-Alain Miller señala como el inconsciente transferencial, pero la invención del psicoanálisis a partir de la palabra recogida de las histéricas es la de un solitario, poniendo al trabajo lo que no conocía. Porque de eso se trata en las asociaciones de la cura, lo que no se sabe se inventa para constituir esta hystoria de la que habla Lacan en El prefacio a la edición inglesa del Seminario X. Es también lo que hace que quien enseña sea un analizante, a la hora de transmitir al límite del saber establecido, lo cual es propio de una experiencia inédita.

Aunque en la construcción de un caso sólo puede aproximarse al real que se intenta demostrar, ningún psicoanalista puede sustraerse a la exigencia de dar cuenta de su práctica. Construir un caso que se quiera transmitir supone garantizar su confidencialidad, preservando al mismo tiempo la gracia de su singularidad. Con el caso de su tesis, Aimée, Lacan se vuelve freudiano y demuestra su capacidad para la construcción del caso. La presentación (de enfermos) que sostuvo a lo largo de su vida en el Hospital Henri Rousselle de Sainte-Anne es testimonio de su concepción del caso, implicándose hasta visitar a los pacientes en los días que seguían a la presentación.

¿Cómo no quedar impresionado por el hecho de que en este texto «colofón», como lo indica Jacques-Alain Miller (sello del editor del final de una obra) que es el Prefacio, Lacan vuelve a la fuente de su encuentro con el psicoanálisis freudiano subrayando la especificidad del caso Aimée? Su mismo pseudónimo subraya el alcance del amor en el caso y en la transferencia con este sujeto, sin embargo en la psicosis, como pionero de una clínica a la que no dejará de recurrir, como Freud lo había hecho con sus casos de histeria.

La literatura es rica en descripciones que resaltan el esquema patológico. Madame Bovary es un ejemplo de ello en Flaubert, pero muchas novelas de Balzac, de Zola, ponen en escena personajes dignos de las mejores descripciones clínicas. Marguerite Duras, a quien Lacan rendirá homenaje por un Lol V Stein que se pierde en el juego de la morra.

La monografía no ha perdido su interés, ya que sigue siendo un medio esencial de transmitir una práctica caso por caso, de la que ninguna estadística dará cuenta realmente. El estructuralismo lacaniano, su apoyo en el Nombre del Padre como barrando el Deseo de la Madre, fue especialmente sensible al inicio de la Sección Clínica de París, esencial contra concepciones de la clínica que apartan la relación con el paciente del lado de lo imaginario, y los síntomas del lado de la psicología, promoviendo el borderline, la disolución de la personalidad, o la desestructuración neurológica a la manera de Henri Ey. Por lo tanto, fue una clave de orientación muy importante. La pluralización de los Nombres del Padre, el advenimiento del objeto a y del Otro que no existe, han abierto nuevos capítulos.

No tratamos de imitar el proceso de las ciencias experimentales, pues nuestra clínica es irreproducible. Su vigor se debe a la valorización de la solución singular de cada uno, a la originalidad de su síntoma, a la demostración de lo que le permite sostener un vínculo social, funcionar en el lazo, pero no sin una diferencia singular con los discursos establecidos.

La transmisión de lo que opera en la clínica puede reducirse a un rasgo, una expresión, una interpretación que refleje las transformaciones que se producen en un sujeto. ¿No es esto lo que se obtiene con los testimonios de los analistas de la Escuela (AE) en los que fragmentos de enunciado suprimen la exhaustividad de la descripción? Clínica de la sexuación, clínica irónica, fenómenos de cuerpo han enriquecido el texto clínico, tanto por la pertinencia del rasgo extraído como por la función de cuchillo suizo de estas expresiones.

El síntoma, que se ha convertido en sinthome en la lectura de Joyce, encuentra un nuevo horizonte que va más allá de su status significante para incluir la parte de goce que contiene. La invención desborda la solución que repara el defecto en lo simbólico encontrando su status real. Es una clínica del parlêtre que toma la delantera sobre una clínica del sujeto, sin descuidar el pasaje obligado que esta representa en la experiencia. Pasando de una clínica al Nombre del Padre a una clínica del Otro que no existe, el autismo, los trastornos alimentarios y las adicciones nos introducen en una clínica del Uno y de un más allá del Edipo. Pasar de la discontinuidad estructural a un continuo vinculado a la función del síntoma no significa que estos enfoques se opongan, más bien se complementan. En los tiempos de “todo el mundo delira” la clínica es la de nuevas formas de psicosis, de la psicosis ordinaria, que nos enseña acerca de lo que el síntoma tiene de real, sobre lo que más insiste en cada ser hablante y que sólo el discurso analítico puede esclarecer.

Los casos de urgencia de Lacan son los analizantes de la época del parlêtre. Lacan habla de ellos de este modo, dándonos una luz sobre su elaboración y su práctica “Señalo que, como siempre, los casos de urgencia me enredarían mientras escribía esto”. Uno podría sentirse tentado a considerar que hablaba de los analizantes con gran dificultad, en crisis de urgencia subjetiva, pero yo estoy inclinado a seguir a Jacques-Alain Miller, que no retiene esta restricción sobre el fondo de lo que Lacan da como definición de la urgencia, más allá de su etimología que da el movimiento, el empuje, el forzamiento del tiempo, la modalidad temporal que responde al surgimiento de un trauma.

Es la indicación del peso diario de esta práctica, pero también de su peso teórico. Por eso, ir a un analista no se confunde con cualquier tipo de encuentro. La demanda del analizante en potencia es una petición de urgencia.

Ya en 1966, terminando el texto titulado “Del sujeto finalmente en cuestión”, Lacan escribe: “Por lo menos ahora podemos contentarnos con que mientras dure un rastro de lo que hemos instaurado, habrá psicoanalistas para responder a ciertas urgencias subjetivas, si es que calificarlos con el artículo definido fuese decir demasiado, o también, si no, desear demasiado”  (4)

En su curso, Jacques-Alain Miller afirma que se trata de la función psicoanalítica y de su relación con la urgencia, desde antes del inicio del análisis, de la aparición de lo que hace agujero como trauma. Es una llamada a no dejar que nada se pierda de esta urgencia lacaniana ya mencionada en el discurso de Roma, “Función y Campo de la Palabra y del lenguaje”, en 1953: “Nada creado que no aparezca en la urgencia, nada en la urgencia que no engendre su rebasamiento en la palabra” (5). Esta urgencia exige, en quien pide un análisis, un más allá de la urgencia en la palabra, un más allá en forma de fracaso en el acceso a la verdad, lo que permitirá a Lacan hablar de verdad mentirosa, donde la verdad y la mentira se recubren. El protón pseudos de la histeria freudiana encuentra en Lacan una nueva iluminación.

Esto viene después de que él hubiera mencionado la función de la prisa, que disfraza ocasionalmente la angustia y condiciona el acto, como en su alegoría de los prisioneros que ejemplifica el tiempo lógico de la decisión y su dependencia al otro en la intersubjetividad.
La prisa se distingue en el mismo golpe de la precipitación o del pasaje al acto, que no son más que cortocircuitos del inconsciente, como en la melancolía o ciertas psicosis. La urgencia cambia de bando, es la del tercero en la medida en que puede ver algo de esta lógica infernal que precipita al sujeto a la muerte.

En el Discurso de Roma, Lacan habla de la función de la prisa, la cual precipita el síntoma y su formalización, así como la que lo precipita en un psicoanalista. Para Jacques-Alain Miller, la urgencia es la función terapéutica de la prisa. Siempre hay una precipitación lógica a la verdad. En el Seminario de un Otro al otro, Lacan evoca una estrategia de la verdad que sería «la esencia de la terapéutica». Esto exige añadir que esta estrategia debe dar lugar a la mentira que conlleva.

Por último, cabe mencionar la modificación del régimen de la satisfacción pulsional que se produce en los momentos del pase. Esta modificación acompaña a la de la urgencia. Esa que impulsa a alguien a entrar en análisis, pero también la que lo impulsa a perseguir hasta un fin que espera, que busca, tomando en serio la perspectiva del más allá del Edipo anunciada por Freud, pero conceptualizada por Lacan. El análisis no es infinito, como concluyó Freud sobre la roca de la castración; incluso si la frecuentación de un analista puede ser necesaria después del fin de la cura, no será sino para el control.

Este fin se juega, pues, para Lacan en este último escrito en torno a la satisfacción, la obtenida en el final de análisis. Deja abierta la cuestión para el psicoanalista de que esta práctica continúa y cuenta con el dispositivo del pase para intentar dar cuenta. «Dar esta satisfacción siendo la urgencia lo que preside el análisis, interrogamos cómo alguien puede dedicarse a satisfacer estos casos de urgencia».

Jacques-Alain Miller en su curso acabó con esta notación de Lacan “Pero basta con que se preste atención para que salgamos”, siendo la atención lo que condiciona la asociación y que toma el lugar de lo que era el mandato del analista hacia el analizante de que asocie. El espacio de un lapsus (comienzo del texto de Lacan) es lo que precede a la puesta en marcha de la máquina de la atención que funciona sobre el pivote del sujeto supuesto saber.

La intervención del analista que apunta la verdad, yerra y abre en el esp del laps la perspectiva del inconsciente real cuando la asociación libre, hija de la atención, sólo libera la verdad mentirosa del lado inconsciente transferencial. Es el status mismo de la transferencia que se ve afectado. Se trata de reforzar la intervención oracular del analista ante estos analizantes atrapados en la urgencia asociativa para que en el esp del laps, el espacio del lapsus, la oportunidad del inconsciente real pueda surgir como punto de fuga. La amistad no es necesaria, la pareja analista-analizante, compañeros de la experiencia, es reenviada al Uno solo.

La oferta de transferencia (un amor que califica cristianamente de “jean-f…trerie”, Lacan forma este sustantivo a partir de la expresión grosera e injuriante "jean-foutre”, que designa a un individuo poco serio a quien “Le importan un carajo” las consecuencias de sus actos.) Es anterior a la demanda de análisis. La pesada (la pesée en francés) de la urgencia, término utilizado por Lacan, sería saber si esta urgencia puede hacer caso, en otras palabras, de una perspectiva de satisfacción, es decir, de fin.

 

  1. Miller, Jacques- Alain, et 84 amis, Préface de Qui sont vos psychanalystes? , Paris, Seuil, 2002,p.10
  2. Ibid p. 11
  3. Ibid
  4. Lacan, Jacques, Escritos, Siglo XXI, México, 1986, p. 226
  5. Ibid p.231