GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 11 - MAYO 2019
 

I COLOQUIO-SEMINARIO INTERNACIONAL DEL CAMPO FREUDIANO 2019: “El triunfo de la religión”
DISCIPLINA DEL COMENTARIO

Ciudad de México, 23 de marzo de 2019

El principio de nuestro arte
Edgar Vázquez

“Sabemos que debería haber un lugar mejor / un lugar más simple /
pero no lo hay / ese es nuestro secreto / y no es / gran cosa.
Pero es suficiente”.
Charles Bukowski, El ordinario café del mundo

 

 

I. Una profesión imposible (entre otras)

Gobernar, educar, psicoanalizar... tres tareas imposibles y para las cuales, sin embargo, no faltan candidatos. Con esta reflexión da inicio la entrevista titulada “El triunfo de la religión”. Si la tesis freudiana se apoya en el antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones culturales, como fuente inagotable de insatisfacción y sufrimiento[1] para justificar tal imposibilidad, Lacan por su parte, desplazará el acento hacía la situación del candidato a sostener alguna de esas tareas. En relación a gobernar o educar, ubica antes que nada, el desconocimiento radical de aquello que está concernido en semejante actividad, no se tiene idea de lo que es educar o gobernar, por ello aparece la angustia en el postulante cuando piensa en lo que significa dicha labor.

Como resguardo ante tal angustia, Lacan nos dice que se han producido ciertos remedios, entre los cuales destaca las distintas “concepciones del hombre”,[2] y como consecuencia directa de estas, la suposición de que educar y gobernar no son sólo las vías para adecuar a cada uno a ese modelo, sino también para lograr que puedan ellos soportarse entre sí. Un poco más adelante, Lacan agrega al científico a las tareas imposibles, pero para quien, además, es aún más patente el extravío en relación a lo que hace, excepto tal vez, cuando la angustia surge y se encuentra con que podría limpiar de la Tierra “todas esas porquerías, en particular humanas”.[3]

Para el psicoanálisis, Lacan señala que hay algunas complicaciones adicionales, y ello por dos razones: 1) el psicoanálisis no cuenta con tradición sólida, nuestra referencia es (a la fecha) de poco más de dos siglos, 2) derivado de lo anterior, el psicoanálisis no propone una concepción del hombre, no es una cosmovisión, y su imposibilidad estriba en hacer del particular un universal así que, en verdad, su tarea es ocuparse de lo que no anda bien, de lo inmundo del mundo. Luego sostiene categórico: si el psicoanálisis habrá de sobrevivir es por haberse sabido consagrar a la extravagancia; podemos leer ahí, ocuparse de lo que excede a las llamadas “concepciones del hombre”. No basta entonces con decir que son tareas imposibles, lo crucial es precisar qué hace cada uno con esa imposibilidad, dicho de otro modo, se impone la necesidad de dar cuenta de qué se hace cuando se practica el psicoanálisis.

 

II. Una historia agotadora

En este contexto, el entrevistador pregunta si se visita al psicoanalista del mismo modo en que otrora se visitara al confesor, Lacan responde con un dejo de fastidio que la pregunta no podía faltar pero que es agotadora. 

Frente al señalamiento directo del entrevistador: -Cuando uno va al psicoanalista, también se confiesa.
Lacan responde:
¡De ninguna manera! No tiene nada que ver. En el análisis, se empieza por explicar a la gente que no están allí para confesarse. Este es el principio de nuestro arte. Están allí para decir cualquier cosa.[4]
Esta comparación, como pone en evidencia la respuesta de Lacan, ha sido recurrente en la historia de las críticas al psicoanálisis, podemos citar entre sus más significativos representantes a Michel Foucault, quien afirma: “Freud transferirá la confesión de la rígida retórica barroca de la Iglesia al relajante diván del psicoanálisis”.[5] Curiosamente, esta cuestión ocupó la pluma del propio Freud en sus indagaciones previas al psicoanálisis, donde sugiere un cierto paralelismo entre la confesión y la descarga abreactiva;[6] pero sobre todo y mucho más decisivamente, en ese diálogo ficticio con un juez imparcial, donde establece una distinción concluyente; el psicoanálisis pone de manifiesto cosas que uno no querría confesarse ni siquiera a sí mismo, e insta en cambio, a decir más de lo que se sabe, ir más allá de esa pretendida entidad unificante que es el yo. Por último, y con un dejo de ironía, Freud declara no tener noticias de que la confesión haya logrado jamás eliminar síntomas.[7] Así pues, la confesión podrá liberarnos del pecado, mas no del síntoma.

 

III. La confesión religiosa

Confesión es un término que implica al mismo tiempo admitir una falla propia (sea pensamiento, palabra, obra u omisión) y declararla frente a otro, tiene un lugar privilegiado en las distintas tradiciones jurídicas y religiosas. En el contexto de la religión católica, se trata uno de los siete sacramentos mediante los cuales el creyente da cuenta y renueva su relación con Dios, su finalidad es la curación por la vía del perdón al reconocer, arrepentirse y manifestar la intención de reparar sus faltas en presencia de un sacerdote, congraciándose así con el Espíritu Santo. Una de las referencias en las que se apoya este sacramento figura en El Evangelio de Juan: “A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados” (20:23), de acuerdo con la tradición, en esta frase Jesús otorga a sus discípulos la potestad de perdonar los pecados en nombre de Dios.

La confesión sacramental consta de cinco etapas: Examen de conciencia, Acto de Contrición o arrepentimiento, Confesión auricular al sacerdote, Penitencia y Absolución. Podríamos discutir las implicaciones de los términos involucrados en esta secuencia, pero quizá lo sustancial deriva de distinguir las consecuencias que tiene la escucha que provee el sacerdote, del acto que sostiene el analista cuando ocupa el lugar que le corresponde. 

 

IV. De la confesión al decir

En la primera parte del “Discurso a los católicos” Lacan dice haber pasado para entonces “...la mitad de su existencia escuchando vidas que se cuentan, se confiesan”. Esto podría suponer una contradicción con el fragmento que venimos comentando, aunque ella es solo aparente, ya que continúa: “Una de las finalidades del silencio, que constituye la regla de mi escucha, es justamente callar el amor”, entonces, se trata de una escucha regida por reglas que no ofertan la absolución cuyo  medio es la penitencia, ni el fin es congraciarse con una instancia superior, divina, sagrada. Lacan propone en el párrafo que comentamos, explicar que se está “allí para decir cualquier cosa”. En matemática, se diría que, por su brevedad y sencillez, la frase aporta una solución elegante al problema. Ese “decir cualquier cosa” implica sobre todo al acto que el analista promueve con su escucha, y ello por dos razones:

1) en cuanto es capaz de enunciar, sostener y soportar la regla fundamental, 2) porque el correlato de la escucha analítica no es la penitencia, sino la interpretación, cuya estructura mínima es: “No te lo hago decir”.

En ese punto coinciden tanto Freud como Lacan, el principio de nuestro arte solamente opera cuando se ha franqueado el obstáculo de una escucha confesional y el perdón al que clama, a veces con desesperación, y ofrece en cambio, un lugar a esa singularidad que Lacan llama, en este mismo texto, extravagancia.

 

REFERENCIAS

  1. FREUD, S., "Análisis terminable e interminable" (1937), en Obras Completas, 2ª. Ed., Vol. XXIII, Amorrortu, Buenos Aires, 2006,  p. 249.
  2. LACAN, J., El triunfo de la religión (1975): precedido de Discurso a  los católicos (1960), Paidós, Buenos Aires, 2007, p. 70.
  3. Ibíd, p. 74.
  4. Ibíd, p. 78.
  1. FOUCAULT, M., “M. Foucault. Conversation sans complexes avec le philosophe qui analyse les «structures du puovoir»”, en Dits et écrits 1II 1976-1979, Gallimard, Paris, 2001, p. 675.
  2. FREUD, F., "Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos" (1893), en Obras Completas, 2ª. Ed., Vol. III,  Amorrortu, Buenos Aires, 2006, p. 38.
  3. FREUD, F., "¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial” (1926), en Obras Completas, 2ª. Ed., Vol. XX,  Amorrortu, Buenos Aires, 2006, pp. 176-177.
  4. LACAN, J., op. cit., p. 19.
  5. LACAN, J., “El atolondradicho” (1975), en Otros escritos,  Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 516.