GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 11 - MAYO 2019
 

I COLOQUIO-SEMINARIO INTERNACIONAL DEL CAMPO FREUDIANO 2019: “El triunfo de la religión”
DISCIPLINA DEL COMENTARIO

Ciudad de México, 23 de marzo de 2019

El partenaire gadget y la supervivencia del psicoanálisis [1]
Ángel Sanabria

El párrafo escogido para este comentario se encuentra en el apartado titulado “Acostumbrarse a lo real”, páginas 93 y 94 de “El triunfo de la Religión”:

“Pero el real al que accedemos mediante formulitas, el verdadero real, es algo completamente distinto. Hasta ahora sólo tenemos como resultado gadgets. (…) Eso nos come, pero nos come mediante cosas que remueve en nosotros. Por algo la televisión es tan devoradora. Ocurre que, a pesar de todo, nos interesa. Nos interesa por cierto número de cosas completamente elementales que podrían enumerarse, de las que podría hacerse una breve lista. Pero finalmente, uno se deja comer. Por eso no me cuento entre los alarmistas ni entre los angustiados. Cuando nos hartemos, eso se detendrá, y nos ocuparemos de las cosas verdaderas, a saber, de lo que llamo religión.”

Este párrafo condensa una serie de referencias a las relaciones entre religión, ciencia y psicoanálisis que Lacan articula a lo largo de esta conferencia de prensa. Empezando con la afirmación de lo real de la ciencia (“el verdadero real”) como algo “completamente distinto” a lo real del síntoma del que se ocupa el psicoanálisis. Es sólo a través de los objetos que introduce en el mundo, que la ciencia –o la tecnociencia, más bien– llega a tocar algo del goce en el parlêtre, con el efecto no tanto de aliviarlo del síntoma (vale decir, de lo que no marcha) sino más bien de capturarlo aún más en su misma voracidad. Y justo aquí la religión, “la verdadera” como dice Lacan, se presenta como capaz de proporcionar un sentido para todo lo que la ciencia introduce de real perturbador.

 

¿En qué la religión católica es la verdadera?

“El síntoma no es aun verdaderamente lo real”, nos dice Lacan (p. 92). No es aun lo real, sino la manifestación de lo real en nuestra existencia de seres vivos –vale decir, en nuestra existencia de animales enfermos por el lenguaje, “devastados por el Verbo” como dice aquí Lacan.

En esto es que la religión cristiana es “verdadera”, en tanto toma al Verbo como punto de partida: “al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”, como reza el versículo inicial del Evangelio de Juan. Lacan hace notar aquí la sutil diferencia con la religión judaica (Génesis) en la que el Verbo está antes del principio, es decir, no encarnado. Así el Dios cristiano es ya “Verbo encarnado”, que es para Lacan un modo de nombrar la intrusión del S1 en el cuerpo con el consiguiente desarreglo de la vida humana. Entendemos así que Lacan afirme luego, en La Tercera, que “Dios es el decir” (Dieu, c’est le dire) y que ese “Dios-decir” o “Diocir” –Dieure– es el que “hace ser a la verdad” (La Tercera, p. 77). Poco después, en el seminario RSI, Lacan volverá sobre el asunto con una afirmación que apunta nuevamente al agujero que se introduce a partir del lenguaje: el Dios cristiano viene a ser “la ex-sistencia por excelencia, o sea, en resumen, la represión en persona, e incluso la persona que se supone que reprime. (…) Dios no es otra cosa que eso que hace que, a partir del lenguaje, no se pueden establecer relaciones entre sexuados”. (Clase del 17/12/1974)

De aquí se desprende el valor que Lacan otorga al recurso de Descartes a un Dios que no engaña, para fundamentar la verdad del saber que desprende de su certeza. Así, en el fundamento mismo del cogito cartesiano, se encuentran ya anudadas y repartidas ciencia y religión –una del lado del saber y la otra del lado de la verdad.

A partir de aquí, la religión puede aliviar la angustia del sujeto frente a los padecimientos y el sin sentido de su destino y frente al mal que lo habita, tomando a su cargo la causa del deseo (o sea, de la falta) y remitiéndola, por ejemplo, a los “designios de Dios”.

 

El partenaire gadget

El síntoma no es aun el verdadero real, nos dice Lacan, porque el “real real” es aquel al que accede la ciencia por la vía de lo escrito, por “el camino de las pequeñas ecuaciones” que nos permiten extraer el “saber en lo real”, e incluso introducir algo nuevo en el mundo. Así pues, no se trata ya la “naturaleza”, como algo que preexiste a nuestra intervención humana, sino incluso de los resultados, de las nuevas realidades y objetos que la ciencia introduce en nuestro mundo.

Pero ese real es justamente inaccesible para nosotros como seres hablantes. Como dice Lacan: “nos falta por completo”, “estamos del todo separados de él”, porque hay algo que nunca llegaremos a dominar, nunca llegaremos a encontrar “la fórmula que escriba científicamente” la relación entre los seres sexuados. Es decir que lo simbólico, por más que muerda lo real del cuerpo, no es apto para dar cuenta de esa relación entre los seres sexuados que sería el goce del Otro, J(A) –que en La tercera, aparece como agujero real por fuera de lo simbólico, en la intersección entre lo imaginario del cuerpo y lo real la vida –y que justamente no existe.

El síntoma procede justamente de ese agujero real, se aferra de ahí. Y lo único que podría llenar –o al menos taponar– algo de ese agujero, es el plus-de-goce, los objetos de la pulsión de los cuales toman a su vez apoyo los objetos tecnológicos que Lacan designa como gadgets. El gadget se hace entonces partenaire del sujeto en la medida que promete colmar sus deseos. Pero, al mismo tiempo que nos da algo que “ponernos en la boca”, a la vez nos come. Lacan mencionaba lo devoradora que resulta la televisión, hoy basta con mirar a nuestro alrededor para reconocer el lugar que las pequeñas pantallas de los celulares ocupan en nuestras vidas.

Reencontramos así lo que Lacan había planteado ya (en su “Conferencia en Milán” de 1972) como “la astucia del discurso capitalista”, que se consuma tan bien que se consume, convirtiendo a los consumidores en objetos ellos mismos consumibles. Dice allí Lacan: “Es insostenible... marcha sobre ruedas, no puede marchar mejor, pero justamente marcha demasiado rápido, se consuma, se consuma tan bien que se consume” (Lacan, 1972).

Para el caso del gadget, podríamos escribir así este “ascenso del objeto al cénit de lo social”, tan sólo con seguir el giro sin fin del propio discurso capitalista:

Entonces, como dice Miquel Bassols, en el momento mismo en que poseemos ese objeto tecnológico que llamamos gadget, somos nosotros mismos los que nos convertimos en objeto: objetos de intercambio en el circuito de producción de la mercancía. De modo tal que “si la religión promete el paraíso para pasado mañana, el objeto tecnológico lo promete para hoy mismo”. Esto implica, por supuesto, renovar incesantemente la promesa del paraíso produciendo cada vez una nueva versión del objeto (Bassols, 2017). Esa viene a ser la “religión del gadget”.

Se diría, pues, que hoy por hoy, más que el triunfo de la “religión verdadera” (la católica), estamos más bien ante el triunfo de la tecnociencia y de eso que Eric Laurent llama “la religión ingenua del cientificismo contemporáneo”. Laurent destaca aquí una propiedad paradójica común tanto a los objetos de dependencia como a los gadgets en general: “Vemos así las modalidades según las cuales, con este objeto de goce, reanudamos un lazo con el Otro. No a partir de lo simbólico sino por medio del cuerpo en sus dos consistencias de real y de imaginario.” (Laurent, 2007).

 

La supervivencia del psicoanálisis

Notemos, sin embargo, algo que Lacan agrega en relación a los gadgets. Dice: “eso nos come, pero finalmente nos dejamos comer”. Nos parece que es justamente en ese “dejarse comer” que Lacan funda, no digamos su optimismo, pero sí el hecho de no contarse entre los angustiados y alarmistas, porque después de todo no se trata de un discurso que tomaría sin más, pasivamente, al sujeto.

“No soy pesimista”, dice Lacan, y augura una fatiga de los gadgets: “Cuando nos hartemos, eso se detendrá, y nos ocuparemos de las cosas verdaderas, a saber, de lo que llamo religión”. Con esto Lacan está diciendo, por una parte, que al final será la religión la que triunfará, incluso sobre la tecnociencia, y terminará “librándonos” de la angustia ante el sinsentido y la insatisfacción en nuestras vidas.

Pero, para nosotros, eso quiere decir también que está en juego además algo de la responsabilidad sobre nuestra posición de goce, algo de la posibilidad de decidir hasta qué punto nos dejamos comer o nos “hartamos” de eso. E incluso, de la posibilidad de inventar usos singulares a estos objetos tecnológicos –como puede verse con frecuencia, por ejemplo, en la clínica de los autistas. Sin esta dimensión, la experiencia analítica simplemente no sería posible. Quedarían tan sólo, para “librarnos de la tiranía de los gadgets, el recurso a la revolución, que como sabemos Lacan concebía como “volver al mismo” lugar, o el de la religión (“para eso fue pensada la religión, para curar a los hombres, es decir, para que no se den cuenta de lo que no anda”, dice en La tercera). Es decir, taponar la causa del deseo ya sea con los objetos plus de gozar o con el goce del sentido.

El psicoanálisis no triunfará sobre la religión, tan sólo sobrevivirá o no, dependiendo de que el síntoma insista, incluso más allá de los objetos que la tecnociencia seguirá introduciendo en nuestro mundo hasta el cansancio. Después de todo, tal vez podamos decir que el psicoanálisis a su modo ha empezado también a introducir en el mundo unos objetos inéditos: los testimonios del pase que por vías propias, distintas a la de la ciencia, pueden verificar caso por caso la existencia de al menos uno que consiguió hacer pasar lo real del síntoma a lo practicable del sinthome. Una solución distinta tanto del “paraíso” del sentido religioso como del “infierno” pulsional de los objetos de la ciencia.

REFERENCIAS

NOTAS

  1. Texto presentado como “Disciplina del comentario” en el Coloquio-seminario del Campo Freudiano “El triunfo de la religión”, Ciudad de México, 23 de marzo de 2019.