GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 11 - MAYO 2019
 

Conferencia internacional UNAM, Facultad de Filosofía y Letras
Ciudad de México, 22 de marzo de 2019

Tratar lo que no funciona con el psicoanálisis: ¿qué horizonte?
Jean-Daniel Matet

¿Cómo imaginar que una práctica resultante de la medicina del final del siglo XIX, desarrollada por un médico judío en la Viena de un imperio en su decadencia, sigue siendo relevante y de actualidad? Los detractores del psicoanálisis lo convierten en un argumento para golpear la obsolescencia con una disciplina que, por su diseño, se ha adaptado a las formas cambiantes de los síntomas. ¿Cómo explicar un enfoque y un campo de conocimiento, el Campo Freudiano, según el término retenido por Jacques Lacan, que puede soportar las formas cambiantes de la medicina y la terapéutica, a la aparición y diversidad de los enfoques de la psicología, la evolución de la ciencia y las técnicas y, especialmente, en relación con todo esto, a cambios profundos en las formas de los síntomas y del malestar en las relaciones sociales contemporáneas? No basta con encontrar constantes inmutables de un siglo a otro en la organización social o en el malestar que justifique la permanencia de esta efectividad. Hay algo más en el software del psicoanálisis que toca lo que es el ser humano, en su narcisismo y en su relación con el Otro, en lo que hace que la peculiaridad del ser humano en su relación con la sexualidad, el lenguaje, la vida y la muerte, y que permite dirigirse hacia lo que Lacan llamó, conceptualizó, y que estaba en parte ya en Freud, lo real de la existencia humana.

Esto nos permite decir que el psicoanálisis no es una terapia como las demás, en el sentido de que no busca erradicar lo que afecta a un sujeto, sino que le permite vivir de manera diferente con eso que lo afecta.

Un psicoanálisis es ante todo una experiencia de palabra que uno hace con un psicoanalista. Cuando el uso de pequeñas o grandes tácticas que nos permitieron contener la ansiedad, calmar el sufrimiento, las preocupaciones, su incomodidad, ya no funcionan, decidimos llamar a un psicoanalista. Él le pregunta qué lo trae a él y a este practicante que ha elegido, por razones de detalle, a veces, probablemente su reputación o lo contrario, que es un completo desconocido y que nada sabe de quién viene a él, un saber nuevo que se constituye a la medida de su palabra. Entre ustedes, estará la palabra, la suya, la del analista no tanto, que tomará o no valor de interpretación de lo que dice. Ya la declaración de sus síntomas, por haberle confiado, habrá hecho un cambio que le dispone a continuar el experimento. A cambio, pagará el precio fijo de las sesiones y se comprometerá a asistir regularmente a ellas (una, dos, tres, cinco veces a la semana) y confiar las asociaciones que le pasen por la cabeza al momento de la sesión.

Estas condiciones de experiencia están fijadas por lo que Freud denominó la regla fundamental y que el analista afirma en este momento, donde luego de algunas conversaciones preliminares, juzga que puede comprometerse, inscribirse en la cura.

 

¿Qué es este material producido por las quejas y luego por las asociaciones del paciente?

¿Es diferente de lo que recogen las observaciones de los psiquiatras o psicólogos? La clínica psiquiátrica contemporánea se basa en la identificación de signos observables. Estos se agrupan en entidades llamadas "problemas". Así se distinguen los trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, trastornos de la alimentación, trastornos de la identidad sexual..., todo está nublado. La clínica psicoanalítica no ignora estos trastornos, ni los signos que los caracterizan, sino que los ordena de manera diferente. No se habla más de síntoma que de signo, enfatizando así la expresión singular del signo para cada sujeto. El síntoma es un signo singular para cada uno y estos síntomas se consideran dentro de una entidad más grande llamada neurosis o psicosis, perversión. Pero ¿qué nombramos con estas palabras? Estos términos provienen del vocabulario médico, específicamente de la neurología y la psiquiatría. Primero designaron una condición patológica. Freud demostró que estos estados no eran la expresión de un trastorno en el cuerpo, sino de un trastorno en la vida psíquica, es decir, en la vida tal como se manifiesta en el pensamiento, en las palabras, los sentimientos o los deseos. Decir que no todo sufrimiento es una enfermedad del cuerpo y que ciertos sufrimientos se derivan de lo que sucede en la vida, no es una novedad en sí misma. Lo que es nuevo para Freud es tomar en serio este sufrimiento en un marco conceptual que no es ni el de las ciencias experimentales, ni el de la filosofía, ni el de la moral, ni el de ninguna religión. Es una teoría correlacionada con una práctica, que refuta todas las creencias. La innovación del punto de vista freudiano también reside en el borrado de la frontera entre lo normal y lo patológico, que va de la mano con la invención del psicoanálisis. Así, desde su trabajo inaugural sobre la Interpretación de los Sueños, Freud escribe: "La enfermedad no presupone la destrucción del aparato ni la creación de nuevas divisiones internas; debe interpretarse dinámicamente, como un refuerzo o debilitamiento de un conjunto de fuerzas, cuyas funciones normales ocultan gran parte del efecto"

Ya no estamos en el régimen del signo negativo, del déficit. Desde entonces, la línea entre lo normal y lo patológico es irrelevante, al menos en el campo del psicoanálisis. El término psicosis ordinaria propuesto por Jacques-Alain Miller en 1992 vino a marcar un progreso en la clínica donde la neurosis y la psicosis definitivamente ya no designan un estado patológico. Ahora sabemos que hay psicosis y psicosis normales u ordinarias que se han convertido en patológicas, así como hay neuróticos sanos y neuróticos enfermos.

 

El síntoma.

El síntoma, recordó Lacan, es lo que está mal, lo más real. Esto es lo que aparece en la vida de alguien y para recordarle que algo anda mal. El síntoma puede ser invasivo, estar acompañado de ansiedad e inhibir completamente cualquier iniciativa del sujeto. Puede manifestarse en el cuerpo y es la parálisis histérica clásica que no responde a ningún corte neurológico, es también la obsesión que puede limitarse al tic o al TOC. Una cizalla singular de pensamiento, señaló Lacan. Puede tratarse de un trastorno alimentario: anorexia o bulimia, o aparecer como impotencia para actuar, escrúpulos o hiperactividad. En otros casos, es en el delirio o en el pasaje al acto que se manifiesta el síntoma. Las clínicas médicas, neurológicas y psiquiátricas son ricas en estas manifestaciones, que han sido clasificadas, descritas y definidas. El esfuerzo de Freud fue extraer de esta clínica médica o psiquiátrica, en su mayoría, observaciones que objetivaron lo más posible el hecho clínico, una definición de los síntomas tomados en la propia subjetividad del paciente y de los cuales el propio practicante estaba en parte involucrado. El hecho de que Freud supiera el alcance de estos síntomas de las mujeres que se quejaron y los escucharon, da la dimensión. Los cinco casos de psicoanálisis, Cinq psychanalyses, un libro en el que recopiló un caso de histeria, uno de fobia infantil, otro de paranoia y dos obsesiones, da el alcance. Pero el síntoma es también lo que tenemos de más preciado y no nos deshacemos del hecho mismo de la satisfacción, incluso dolorosa, que Lacan llamará goce.

Como Freud propone el complemento del síntoma, que es la lectura hecha por el paciente y la que hace el analista, entonces Lacan argumentó la dimensión causal que se incluye en el síntoma, la causalidad sexual, la causalidad inconsciente del paciente que solo será aclarada por la construcción de la fantasía (Dora y la otra mujer más allá de su padre, el hombre de las ratas y el cruel capitán para tratar la deuda del padre, etc.) lo que se reproduce en la experiencia analítica.

También es la pareja (el partenaire) el que puede hacer un síntoma, devastar la existencia del sujeto o, por el contrario, aportar una solución a través del amor.

 

El “sinthome”.

Al final de su enseñanza, que duró unos cincuenta años, entre los años 75 y 80, el psicoanalista Jacques Lacan desarrolló a partir de François Rabelais, autor francés del Renacimiento del siglo XV y James Joyce, el escritor irlandés del XX, el término “sinthome”, y le dijo a Miller, que ese sería el nombre lacaniano del síntoma. La definición que ha dado de ser "una combinación de efecto de verdad y relación con el goce" resalta la satisfacción de la pulsión que conlleva el síntoma y recuerda lo que se debe a la estructura del lenguaje.

La clínica del sinthome enriquece el enfoque más tradicional de la psicosis. Sin descuidar el neologismo que limita el abismo de un significado enigmático, también presta atención a la palabra o frase cuya singularidad ha extinguido todo significado. Y su interés se extiende desde la metáfora delirante estabilizadora hasta la invención singular que ordena un estilo de vida. Además, da acceso a otros puntos ciegos de esta clínica: episodios de delincuencia y uso intermitente de drogas, como tantas otras conductas locales de goce; fases de desinserción social, comportamiento excéntrico, actos suicidas, reactivaciones delirantes, las cuales dejan ver la ausencia de un sinthome que detenga o canalice el goce.

Esto es lo que James Joyce, desabonado del inconsciente, produce con su trabajo de deconstrucción de la lengua inglesa y que le permitirá mantener su existencia después de la famosa paliza que cuando era joven recibió de sus compañeros y cuyo efecto fue la caída de sí mismo, de su cuerpo, como una cáscara.

Lo que produce la experiencia del psicoanálisis, si llega al fin, es la reducción de los síntomas al sinthome. Reducción a una realidad que sostiene la existencia de un sujeto, eso es lo que podemos aprender de un análisis. Así, para Lacan, cualquier  análisis es didáctico en el sentido de que se abre al conocimiento del inconsciente. Este término se había reservado para la jerarquía de los analizados que estaban destinados a practicar el psicoanálisis. Las didácticas fueron las que entrenaron a los analistas. Para Lacan, es la posibilidad de que cualquier analizante, no sin su analista, ponga fin a la experiencia, reduciendo lo que se ha jugado en la transferencia al punto en que este analista, como semblante de objeto a, cae.

Más allá de la formación de los analistas, el psicoanálisis actual no se limita a lo que se juega en el consultorio del analista. Si no hay un inconsciente colectivo, sino una suma de inconscientes individuales, según la tesis de Freud, él nos ha demostrado que en psicoanálisis no se trata solo de interpretar los síntomas individuales. El psicoanálisis se aplica a la literatura, el arte, la criminología cuando se dirige al juez, la política con el presidente Wilson o a las religiones, sus excesos y los efectos catastróficos de los movimientos de las multitudes cuando la identificación al líder anuncia las monstruosidades del nazismo.

 

Temporalidad y sesión corta.

Hay otro aspecto de la política de la cura, y es su temporalidad. Esta parte fértil de la enseñanza de Lacan, sometiendo la dirección de la cura a la temporalidad del inconsciente, siguió siendo una piedra angular de la práctica del psicoanálisis de orientación lacaniana, al cuestionar los estándares defendidos por la IPA. La duración variable de la sesión, el uso de la exploración en el manejo de la transferencia ahora cuenta, con la interpretación, como uno de los instrumentos privilegiados en el que los estudiantes de Lacan reconocen su práctica. Jacques-Alain Miller abrió estas vías de investigación en su curso sobre la Orientación lacaniana de principios de la década de 2000.

 

El psicoanalista y la institución.

Se acabó la mítica figura del psicoanalista que limita su campo de actividad a las paredes de su consultorio para convencer de su devoción a la causa privada de sus analizados. Los analistas abandonaron las instituciones a las que asistieron una vez, lugares de su formación académica inicial o clínica. La práctica institucional de Freud le permitió refinar y demostrar sus cualidades diagnósticas: "La fama de mis diagnósticos confirmada por la autopsia me trajo a los médicos estadounidenses ...". La curiosidad del clínico se ve afectada, pero al mismo tiempo se descubren los agujeros de su conocimiento: "De las neurosis, no entendía nada", dijo, describiendo un dolor de cabeza neurótico como un síntoma de meningitis. En el Instituto Kassowitz, Freud tuvo la oportunidad de publicar un importante trabajo neurológico sobre la parálisis de los niños y sus observaciones, pero más allá de esta especialización, no contaron para nada en los "Tres ensayos sobre la sexualidad". Lacan mantendrá, durante toda su vida, un contacto con la institución psiquiátrica a través de la presentación de pacientes de Henri Rousselle en el Sainte Anne y nos contó cómo su encuentro con Aimée, que impulsó su tesis médica, fue decisivo para su enfoque del psicoanálisis y la enseñanza que desarrolló allí.

La generalización de la presencia "psi" en las instituciones ha cambiado el lugar del psicoanálisis. El psicoanalista en los medios de comunicación es ahora una figura obligatoria, un sujeto que sabe leer la oración inconsciente o literal, es el arlequín moderno, suplantando incluso al psicoterapeuta, dado que él es un especialista en el tratamiento de este o aquel síntoma.

Más allá de esta cortina de humo, los psicoanalistas ya no pueden estar satisfechos con centrarse en el problema de su reconocimiento, deben decir lo que hacen. Deben decir cómo su entrenamiento los lleva a hacer del psicoanálisis el instrumento adecuado para leer casos, un instrumento terapéutico relevante en una alternativa a los avances científicos en medicina. La psicoterapia ya no es una fatalidad.

Los psicoanalistas de las Escuelas de la AMP han elegido durante varios años no encogerse ante este requisito. Traen a la luz un punto u otro de su práctica, buscando cómo el efecto de la atención, la presencia, la intervención llegó a tocar la relación del sujeto que encontró o incluso asumió algo de lo real que lo determinó. ¿Qué tienen en común? Psicólogos o psiquiatras en su mayoría, médicos, académicos, algunos tienen funciones de marco institucional entre los más prestigiosos, otros son clínicos de campo. Todos han mostrado una gran preocupación por su responsabilidad, caso por caso, uno por uno en las situaciones más improbables, donde a menudo el consenso profesional renuncia, desplaza, encierra o disminuye la conducta desviada, lo absurdo, lo anormal. La respuesta a esta pregunta procede de la frescura del proyecto freudiano para el analista en consultorio, pero adquiere un nuevo valor cuando esta demanda no se formula directamente al analista, cuando el analista se manifiesta ante todo por el acto que lo determina, más que por la función que ocupa. En esta situación institucional, donde el analista solo tiene un empleo excepcional como tal, aunque su entrenamiento es a menudo deseado, su acción es una cuestión de psicoanálisis aplicado por su modo de intervención y los efectos producidos. Las estadísticas tan apreciadas de las opiniones, por las mejores razones científicas, no son relevantes para validar la serie.

Más allá del efecto de mostración, la serie refleja la insistencia de comprobar en cada caso la pertinencia de la orientación de una intervención en una cura.

Un punto emerge: encontrar un analista no requiere necesariamente el ceremonial de la cura. La puesta en juego de la transferencia y lo que se interpreta no requiere ningún estándar, ni ningún setting. La formalización de la transferencia del sujeto supuesto saber Lacan, es el punto de partida de esta orientación. Esto es para afirmar que el descubrimiento de Freud va más allá del mero ejercicio de la palabra, que es bien conocido como la medicina, la religión y la filosofía siempre supieron sacar partido. Implica la participación del cuerpo mediante la interpretación de la palabra por este singular artificio semejante al amor.

La transferencia es a la vez lo que organiza a una institución y también lo que ella teme. La institución puede querer ignorarlo, puede estar bloqueada en su negatividad, pueden temer los efectos hasta el punto de que tal analista ha tenido que rechazar cualquier referencia a la teoría psicoanalítica a apostar por el alcance de su acción.

Sin embargo, en respuesta a la retorsión de la demanda en su articulación a un Otro social, necesitan condiciones de acogida: consultar en una institución de acogida de prostitutas, de drogadictos o autistas supone una apuesta sobre una posible dirección de la demanda y encontrar un campo de tolerancia. Estas condiciones de acogida que prevalecen no se limitan al sentimiento humanitario, sino a la posibilidad por la institución de considerar el discurso que lo determina sin totalitarismo, lo que excluiría cualquier enfoque psicoanalítico. Frente a la retorsión de la demanda, la torsión de la respuesta puede ser necesaria para abrir el tratamiento psicoanalítico de ella.
El acto analítico no es necesariamente enigmático, aunque su efectividad no requiere su comprensión, dándole un estatus oracular, como lo enfatizó Jacques-Alain Miller durante su primera clase. Se pone en juego una ganancia de saber en la operación, explícita en la perspectiva del neurótico, dañando el goce de sus síntomas, cuestionado en el tratamiento de ciertos sujetos psicóticos donde solo persisten los conceptos básicos de la expresión, como en el autismo.

Se encuentra una constante en esta práctica: la intervención analítica requiere una presencia que no se reduce a la identificación social, una presencia que libera un margen de maniobra que solo está autorizado por sí mismo. Esta presencia no es la del analista silencioso, en el sentido que no es un gran hablador, es una presencia que no retrocede ante el enigma de un comportamiento o una palabra y hace la apuesta de una atribución subjetiva. Hasta ahora esta presencia no se expone a los golpes del Otro, renunciando a su responsabilidad.
La institución ha sido solicitada a menudo como Otro suplente. Es posible decir la fantasía del legislador: cuando el Otro falla, una institución lo compensa. Los psicoanalistas pueden tener la misma tentación, pero su intervención está amenazada de estar rebajada al discurso del amo. Sobre todo porque la inexistencia del Otro, puesta en valor por Jacques-Alain Miller, ya no permite que el analista se adapte a ella. El requisito de diagnóstico constante se cambia a sí mismo de la dieta, alejándose de cualquier categorización para tomar la medida del síntoma.

Por lo tanto, el analista es sensible a los descubrimientos que se desarrollan, las invenciones del sujeto, los bocetos de nuevas soluciones al fracaso de los comportamientos o síntomas utilizados anteriormente. Tratamiento de lo insoportable que pasa a lo imposible de soportar, que Lacan había dado como definición de la clínica. Inventar es también la suerte del analista, en las instituciones como en las curas, recordando que Freud invitó a los analistas a ser siempre nuevos en el enfoque de un nuevo caso. Es por eso que quería llevar la plaga a los estadounidenses, como le dijo a Jung, mientras los psicoanalistas de los Estados Unidos -país que les dio la bienvenida- adoptaban los valores del capitalismo y el estilo de vida estadounidense, descuidando lo que implicaba. Lacan lo recuperará en su batalla contra la psicología del ego. Por lo tanto, es una paleta de intervenciones y el interés del analista lo que hace su especificidad, aunque no es la receta más simple. Instrumentos conceptuales como la bella expresión de "práctica entre varios" de Antonio Di Ciaccia y Jacques-Alain Miller llegaron a reflejar varias experiencias, lo que demuestra la necesidad de remodelar la herramienta a mano, sin tomar nunca un valor universal. Cada vez, y esto es lo que hizo que valga la pena, la expresión de un nuevo deseo. La acción del analista y por lo tanto su intervención, puede llegar a tener el valor de un acto. No hay garantía de antemano, solo condiciones de posibilidad, por lo que son los efectos en lo real lo que vamos a poder juzgar.

Inicio, encuentro, esbozo, los análisis no terminan en las instituciones donde empezaron, pero se comprometen y dejan abierta la posibilidad de que algunos de estos sujetos vayan y armen carpa fuera de la institución, en busca de refugio o de aquello que han encontrado. Por lo tanto, el psicoanálisis aplicado a la terapéutica encontrará un lugar propicio, no al interior ni al exterior de la institución, para poder desplegarse.

 

El psicoanalista, su formación, es el efecto de una cura llevada a su fin.

Lacan inventó un dispositivo que sigue siendo de gran relevancia y que llamó el pase, para verificar o testimoniar lo que se produjo en un análisis. La Comisión de Pase o el Cartel del Pase (cartel: grupo propuesto por Lacan para el estudio del psicoanálisis) escucha el testimonio transmitido por los pasadores y decide si nombrarlo o no AE. Pero un análisis no necesariamente conduce a la producción de un psicoanalista. El punto en el que el sujeto está satisfecho con el resultado que ha obtenido se debe tener en cuenta en el progreso de una cura. Los efectos de la transferencia y la interpretación tampoco tienen nada de sistemático. No cualquier demanda conduce a una cura, cualquier analizante no está seguro de que su apuesta, al final del experimento, conduce a un nuevo conocimiento.

Autorizarse de sí mismo, es decir de su experiencia con un psicoanalista, basta para indicar que en lugar de la autorización colectiva (de los reglamentos o la ley) dada por la institución, el analista no aparece de manera estatutaria, incluso en la cual creía poder dominarla. Los psicólogos y psiquiatras, guiados por el psicoanálisis, no tienen el privilegio de producir efectos psicoanalíticos. El personal del hospital, trabajadores sociales, educadores, si comparten esta orientación, también pueden ser testigos. Estos efectos solo se manifiestan por sorpresa, sorpresa de una reunión, sorpresa de la tenacidad de su orientación, y por el esfuerzo por elaborar su práctica. Todo esto, contrariamente a lo que proclama el amo, no se encuentra en el horizonte del funcionamiento habitual de las instituciones que empuja a la rutina, al establecimiento de protocolos de las acciones, a la abstención subjetiva y, especialmente, a no saber nada de la parte que se toma o el papel que uno juega en la acción. Esto es particularmente cierto en medicina si definimos, como lo hizo Jacques-Alain Miller, la pragmática como la disciplina que trata de encontrar la regla del caso particular, es decir, que toma el caso particular siempre como una excepción a la regla. No todos los casos llaman la misma atención, pero nuestro propio análisis debe informarnos de lo que estamos haciendo en el ejercicio. Entonces puede haber efectos, efectos analíticos en el sentido de hacerse el destinatario.

Se puede admitir que la experiencia del psicoanálisis es pragmática, pero debemos agregar, no sin realismo y no sin ética, según la enseñanza de Lacan. Si Freud estaba enganchado al mito científico, Lacan demostró la causalidad intrínseca del psicoanálisis, que es su fuerza y dificultad para el amo. La experiencia analítica determina tanto al analizante como al analista al poner la causa que los impulsa a trabajar.

Todos los efectos obtenidos fuera de la experiencia propiamente dicha, que suponen un síntoma, una demanda, una suposición de conocimiento y el deseo del analista, se deducen de los préstamos parciales que se le otorgan y, por lo tanto, solo pueden producir resultados parciales por sí mismos. Freud no dijo nada más en su artículo de 1918 "Los nuevos caminos de la terapéutica", que enumera los logros de la experiencia tras el silencio impuesto por los analistas por la guerra y explora el posible desarrollo del psicoanálisis Independientemente de los sueños de poner el psicoanálisis al servicio de la sociedad en este período de reconstrucción y gran pobreza, Freud mantiene los requisitos que distinguen al psicoanálisis de otras técnicas terapéuticas y establece los límites de su participación social.

 

La pragmática en psicoanálisis no puede reducirse a la práctica del caso clínico.

La disciplina de un caso clínico, el ejercicio de presentación del paciente ha encontrado en el Campo Freudiano, a través de las Secciones Clínicas, un brillo particular. Leyendo los casos clínicos, su construcción se utiliza sin límites, como Lacan pudo indicar en la sesión de apertura de la Sección Clínica, los recursos de su enseñanza. La clínica en la institución no es, a menos que se trate de condiciones especiales, una clínica en proceso de transferencia. Si el caso clínico es una disciplina que se nutre de la experiencia analítica y, en ocasiones, la informa, hasta el momento no se confunde con ella, a riesgo de impedir el acceso al discurso analítico.

La pragmática en el psicoanálisis no puede reducir la transferencia a los efectos de la palabra. No es la transferencia que inventó el psicoanálisis, sino su interpretación y su manejo, su dirección. Con efectos de la identificación grupal, la transferencia está presente en muchas sociedades, instituciones, para bien o para mal, que expresa a favor o en contra. La experiencia analítica freudiana y, especialmente lacaniana, no es una cultura de transferencia sino más bien su limitación, su uso para contrarrestarla mejor. La producción del inconsciente está a ese precio. Nutrirlo, según el sentido, se opone a él y solo mantiene el goce del síntoma. El uso de la transferencia en instituciones es, sin duda, uno de los instrumentos de la gestión humana de su objeto, siempre que no quiera convertirlo en el instrumento para hacer todo lo que se desviaría rápidamente como un uso del amor para esclavizar. La frustración y la abstinencia, requeridas por Freud, indicaban el límite. La pragmática en el psicoanálisis no puede reducirse al ejercicio de una voluntad terapéutica.

Las posibilidades de curación prometidas por la llamada medicina científica dejan huellas en los propios profesionales que luchan con su furor sanandis, que a veces se limita a un requisito de sumisión a los imperativos de la medicina. Freud, sin embargo, advirtió a aquellos que quieran practicar el psicoanálisis de no querer demasiado el bien del paciente. Sin análisis de las condiciones de su ejercicio, Freud es en este punto muy crítico con estos médicos o estas instituciones que quieren "dar, por exceso de buen corazón, todo lo que un ser humano puede esperar de otro".

 

Lo pragmático en el psicoanálisis no se reduce a la respuesta a una demanda social.

Confiado en los resultados de la terapia psicoanalítica, Freud plantea que el futuro requerirá que se tenga en cuenta la inmensa miseria neurótica, por lo que es un problema de salud pública comparable a la lucha contra la tuberculosis. Incluso, evoca el nacimiento de instituciones donde estos cuidados serán gratuitos, obligando a adaptar la técnica psicoanalítica a estas nuevas condiciones, dando una forma simple y accesible a "nuestras doctrinas teóricas". La observación que puede parecer reaccionaria sigue siendo relevante para considerar los beneficios secundarios de la enfermedad en ciertas patologías, para modularse cuando se trata de psicosis donde la discapacidad se convierte en una forma de respeto debido al síntoma. Freud va más allá en las condiciones que se instalarán para permitir el tratamiento psicoanalítico, evocando la necesidad de "ayuda material asociada con el alivio psíquico".

La pragmática en el psicoanálisis no es solo una práctica del habla, y una práctica en instituciones que deja abierta la pragmática analítica, requiere una dirección singular para un paciente, un miembro de un equipo, un sujeto representado por un significante para otro. También supone, como vemos en un número creciente de instituciones hoy en día, que no hay una objeción radical a las prácticas del habla. Si se rechaza el funcionamiento institucional del comportamiento y la comunicación, se necesitará el valor para perforar la red de dicho dispositivo y los efectos interpretables del habla que se pueden interpretar. El psicoanálisis ha demostrado la fuerza que representaba cuando la recepción de la sorpresa fue posible gracias a la atención dirigida por un terapeuta. Solo los regímenes dictatoriales lo impidieron, limitando cualquier deseo individual.

Por lo tanto, no se trata de contrastar la práctica privada con la práctica en instituciones, sino de enfatizar las condiciones que permiten la experiencia analítica, incluso en sus efectos parciales. Jacques-Alain Miller recordó la antinomia entre el hambre de éxito y el éxito del amo contemporáneo, y la pasión por el fracaso instalada en el corazón de la experiencia analítica. Uno despliega su poder a partir de los efectos de la ciencia (la informática, por ejemplo), con su corolario de la segregación, cuyos efectos vemos particularmente en la actualidad, cuando se trata de las lecciones del amo capitalista moderno, de sus errores y fallas. El otro dibujo de las lecciones del síntoma, solo puede proponer, en particular destinos, soluciones de tratamiento del fracaso o el fracaso mismo como tratamiento, en ruptura con el discurso del amo. Así, en su definición pragmática, el psicoanálisis oscila entre su aspiración legítima a un éxito terapéutico de los efectos de su discurso en la sociedad, y la referencia necesaria al fracaso, que presupone reavivamientos periódicos, en cuyo caso fracasan sus éxitos, comprometiendo su existencia. La Escuela psicoanalítica (la invención institucional de Lacan) en sí misma, en su definición asociativa, no es inmune a las tentaciones grupales, ante la angustia del tiempo. Lacan, por su disolución, llamó a la FP a aquellos que lo olvidaron.

Por lo tanto, no debemos renunciar a ninguna de nuestras ambiciones de psicoanálisis en extensión, sin ignorar los requisitos de la pragmática analítica. Debemos defender la existencia de instituciones orientadas por el psicoanálisis, sin confundir la independencia del practicante que exige el psicoanálisis y la gestión de los asuntos institucionales, lo que implica un cierto grado de alejamiento del discurso del amo. Esperemos que aquellos a quienes guía el psicoanálisis lacaniano no se retiren de iniciativas que, sin reclamar la garantía de las asociaciones analíticas, ofrecen refugio y extensión al psicoanálisis aplicado a la terapéutica.

 

Psicoanálisis, una y otra vez ...

Mujer u hombre, la anatomía no marca el destino de los síntomas, los fenómenos o los pensamientos corporales, por más que la histeria masculina y la obsesión femenina sean menos frecuentes que la histeria en mujeres y la obsesión en hombres. Freud y Lacan defendieron una clínica del falo común a ambos sexos, si bien esto no implica que se exprese simétricamente. Hoy en día, hombres y mujeres presos de la angustia, de los síntomas en el cuerpo o de pensamientos inquietantes, recurren al psicoanalista. Lo que nos interesa no es una reformulación de categorías. El psicoanálisis tiene otro objetivo, por el impacto de la asociación del trabajo de transferencia y el acto del analista en el goce, para iluminar un deseo de trabajo que puede abrirse sobre lo que hace un analista. Los testimonios de los AE (Analistas de la Escuela), aquellos que fueron nombrados por un cartel o una comisión después de su testimonio, demuestran cómo la experiencia de análisis llevado a su fin transformó estos síntomas persistentes o transitorios en algo que renueva los lazos con los otros y la sociedad: el sinthome.

En un momento en que el discurso de la ciencia y los desarrollos tecnológicos están absorbiendo todas las energías, en un momento en que la demanda de derechos está acompañada por una generalización de una o la relación de enfrentamiento en duelo, el psicoanálisis no lo hace, no se basa en ningún requisito de cuantificación que no sea el del goce.

 

¿Qué horizonte para el psicoanálisis?

Mientras la inteligencia artificial no haya confiado definitivamente las máquinas al manejo de nuestras vidas, la posibilidad de ser responsables de lo que nos sucede, tanto en nuestras acciones como en nuestros sentimientos o en nuestros recuerdos, dejará abierta la hipótesis del inconsciente y la interpretación de su deseo. El lugar dominante de los avances en la ciencia y la tecnología puede llevarnos a creer que el ser humano está reducido a su existencia fisiológica, a un admirable ordenamiento de células, moléculas, etc. Que la transmisión entre generaciones es solo una cuestión de reunión de gametos.

Gradualmente, la responsabilidad de la dirección de la vida sería limitada y la elección se vería reducida a ser víctima o culpable de lo que nos sucede. No descuidamos las luchas de poder que ocupan los grupos y los seres humanos, pero queremos dejar abierta la pregunta que sostiene el deseo de amar, de vivir, de hacer proyectos, etc. y que se expresa como: ¿qué satisfacción, qué placer, he podido encontrar en lo que me sucedió? En última instancia, el descubrimiento freudiano ha abierto un nuevo campo, que no es el dominio de la creencia, sino de la experiencia sin que se haya absorbido completamente en el campo de la ciencia en la medida en que el establecimiento del experimentador entra en el cálculo. Durante mucho tiempo, Freud tuvo la idea de hacer del psicoanálisis una ciencia, idea que Lacan defendió en su discurso de Roma en 1953, apoyándose en el habla y el lenguaje. Pero entonces enfrentó los límites de lo analizable, que ya no era la roca de la castración, como escribió Freud en "Análisis terminable e interminable”, sino aquello que resiste a la expresión significante que llamó objeto a, para su parte imaginaria en relación con el cuerpo y en la realidad. Al final de la cura, este resto no analizable sale a la luz para su uso por parte del sujeto y adquiere el valor de ¡sinthome!

Así que sí, el psicoanálisis sigue siendo el instrumento adecuado para leer el mundo mientras descifra la fantasía que lo organiza y también para decir algo sobre el malestar contemporáneo. Hoy vemos los efectos de los avances tecnológicos que han permitido la extensión de las redes sociales, para bien o para mal. Todos quieren imponer su punto de vista como el mejor experto en asuntos públicos y ninguna organización social representativa puede resistir. La autoridad del amo ya no se valora dando rienda suelta al equilibrio de poder entre individuos, grupos, naciones. La pulsión de muerte freudiana tiene un brillante futuro por delante.