NEL México
Boletín No.4: Los celos y los sexos
 

 

 

I. Editorial

Los celos son una pasión terrible. No es muy aconsejable tratar de tener una conversación con un celoso. La cosa puede acabar mal.

Pero, ¿quiénes son más celosos, los hombres o las mujeres? Graciela Brodsky -quien será nuestra invitada para el II Coloquio-seminario Internacional sobre La transferencia el próximo 28 de mayo-, no responde directamente a esta pregunta, pero en cambio nos dice que los celos masculinos y los celos femeninos no son iguales y señala sus especificidades.

"Lacan, por su parte, ubica a los celos como una consecuencia de la sexuación. Por sexuación indicamos que, más allá de las condiciones biológicas, es necesaria una implicación subjetiva del sexo."

En su recorrido, que va de Freud al último Lacan, Graciela Brodsky nos presenta distintas interpretaciones de los celos: del origen edípico, a la proyección, al desdoblamiento de la vida amorosa, a la duplicidad del falo, al goce femenino.

El lector encontrará en este artículo una utilidad de rizar el rizo de los celos y los sexos. Después de todo, de lo que se trata es de salir de la pasión de la ignorancia.

Esperamos que disfruten su lectura.

Fernando Eseverri

 

II. La pasión de la ignorancia – Graciela Brodsky

Es frecuente que los celos se presenten comprensibles, cargados de significado y ubicados a nivel de los afectos, rechazando el inconsciente, puesto que se los toma como índices de una verdad que podría verificarse. Pasión de la ignorancia, se acompañan con una obstinada búsqueda de la verdad. Esto los transforma en un obstáculo, tanto para la asociación libre como para la interpretación.

Freud ubica claramente dos factores en los celos: la proyección de la propia infidelidad, que reserva para los celos masculinos. La homosexualidad inconsciente, que, si bien Freud vincula con los celos masculinos y delirantes, es también una referencia que emplea para los celos femeninos y neuróticos.

Es posible resumir así esta postura freudiana en torno de los celos masculinos: dificultad para la interpretación, origen edípico, mecanismo de proyección y ligazón con la homosexualidad inconsciente.

Lacan, por su parte, ubica a los celos como una consecuencia de la sexuación. Por sexuación indicamos que, más allá de las condiciones biológicas, es necesaria una implicación subjetiva del sexo. Sólo hay sexuación si el sujeto se inscribe de alguna manera respecto de la castración y su significante: el falo. Sobre el cuerpo imaginario, la acción del significante inaugura todas las significaciones del tener o no tener, del ser o no ser. La acción del significante se ejerce también sobre lo que, al cuerpo, lo parasita y lo agita: un goce que también debe inscribirse en términos de goce fálico.

La heterogeneidad de la sexuación masculina y femenina produce para ambos sexos un desdoblamiento de la vida amorosa. Siguiendo la lógica tener-no tener, se opera una divergencia entre el objeto de amor y el del deseo. Esta duplicidad vale también para la mujer. Ella tampoco puede amar allí donde desea, ya que, si su deseo requiere la fetichización del órgano del partenaire, el amor, en cambio, no puede obtenerlo sino "del hombre muerto o del amante castrado", es decir, de aquel que está en posición de dar lo que no tiene. Aún en el mismo hombre, ella exige dos: el portador del falo y el que, por no tenerlo, puede darlo en el amor.

Los celos masculinos no se explican por simple proyección de la divergencia de su propia vida erótica, sino que se derivan de esta duplicidad respecto del falo requerida por la mujer en su partenaire.

En los años 70, Lacan da un paso más y demuestra que los celos masculinos no sólo son el resultado de la duplicidad del objeto de amor y de deseo en la mujer, sino que se deducen del desdoblamiento de ésta en lo que respecta a su goce. Allí donde el hombre la quiere toda para él, la cree toda, ella tiene un goce que no comparte con él y que la vincula con el Otro. No se trata de otro hombre, se trata de otro goce.

En Lacan, la mujer, en tanto que no lo tiene, sólo obtiene el signo de que lo es a condición de hacerse objeto del deseo del hombre, objeto imaginario del fantasma que, a esta altura de su enseñanza, Lacan hace coincidir con el falo. Así, para ocupar su lugar en esta dialéctica, el signo del deseo del otro le es imprescindible, y si esta "prueba última" falla, si el deseo del hombre no le rinde homenaje, si le devuelve que ni lo tiene ni lo es, se abre bajo sus pies la grieta por donde se deslizará fácilmente hacia el pasaje al acto o el acting out.

En la enseñanza de Lacan fechada en los años 70, para Lacan ya no se trata de ser el falo, sino de ser la única.

¿Para qué le sirve a una no-toda la fidelidad del hombre? Sigamos el comentario que hace Jacques-Alain Miller en Los signos del goce de El atolondradicho. Si de boca de Tiresias obtenemos que una mujer es la única cuyo goce sobrepasa al que surge del coito -es decir, el goce fálico, el paso de Lacan es trasladar la posición femenina en el goce a una exigencia de reconocimiento: "Por eso mismo quiere ser reconocida como la única por la otra parte". De esta manera, volviendo a echar mano al reconocimiento -que ya había explorado en el informe de Roma bajo la célebre fórmula Tú eres mi mujer, Lacan deduce la exigencia de amor de la estructura del goce femenino.

Tanto para Freud como para Lacan los celos femeninos se derivan de la propia femineidad y no de la naturaleza de la masculinidad. Los celos en la mujer -al igual que los celos masculinos son una consecuencia de la sexualidad femenina: confrontarse con la existencia de otra relación con la castración, otra posición en el deseo, otro estilo en el amor, y Otro goce, distinto del de Uno.


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