NEL México
Boletín No.2: La discontinuidad entre el amor y el goce. ¿Un callejón sin salida?
 

I. Editorial

El "ni…ni" del título de la Jornada podría hacernos pensar en un imposible, "ni contigo ni sin ti", ¿cómo se sale de esa encrucijada? Aunque en principio resuene a desencanto, ya que estamos hablando de amor, una forma de verlo es en referencia al terreno sobre el que el amor se asienta. La célebre afirmación de Lacan "No hay relación sexual" además de dar por tierra con la ilusión del alma gemela, abrió toda una dimensión de trabajo para pensar el amor desde el psicoanálisis que podemos decir aún hoy está "in progress". Justamente lo que indica Lacan con su aforismo, que tanto revuelo provocó, es que el acercamiento entre los sexos no está programado, entre el hombre y la mujer nada está inscripto de antemano, todo encuentro trae consigo un desencuentro causado por la heterogeneidad entre el goce de uno y del otro y en ese terreno no hay GPS que nos pueda orientar.

El amor intenta recubrir la no relación sobre la que se asienta, es una especie de suplencia, pero el goce de cada uno entra en cortocircuito con el amor y hace obstáculo, haciendo emerger la extrañeza del otro. Y ahí deviene el malestar que en muchas ocasiones lleva a un sujeto a consultar a un analista, movido por la creencia de que es posible el encuentro con el Otro, "incauto", la única posición ética acorde al discurso del analista.

La relación sexual no cesa de no escribirse y tal vez esa sea la causa de que tanto se haya escrito y dicho sobre el amor, y aún lo sigamos haciendo.

"Lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor" nos dice Lacan en el Seminario XX, y esto no se trata de que quien acude a un analista habla de sus embrollos en el terreno del amor, sino de que la experiencia misma de un análisis tiene al amor como su motor, al amor de transferencia. Toda demanda es en última instancia demanda de amor, demanda que el analista se abstendrá de responder ya que el motor puede fácilmente tornarse obstáculo, como advierte Lacan en el Seminario XI, "si hay un terreno en el discurso en el que el engaño tiene probabilidades de triunfo, su modelo es el amor".

Y si los "incautos" acuden a un analista a hablar de sus amores, a través de este amor muy específico que es el amor de transferencia, la apuesta será lograr al final de recorrido algún cambio en su forma de amar. Complicada apuesta en los tiempos que corren ya que el amor está en relación a la falta y el mundo contemporáneo no se lleva muy bien eso.

Para continuar interrogando la "la heterogeneidad territorial que existe entre estos dos dominios del amor y del goce" les compartimos la entrevista realizada a Miquel Bassols por Carlo De Panfilis para la revista APPUNTI de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi, en Julio de 2014, después del Congreso de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi en Roma.

Silvana Di Rienzo Comisión editorial de Ai.lov.iú*

II. Transferencia, amor y goce. Entrevista a Miquel Bassols.

1. — Tal como usted lo ha evocado en su intervención conclusiva del Congreso, entre amor y goce hay siempre una discontinuidad de la cual da cuenta la vida amorosa en sus derivas y en sus síntomas. La transferencia analítica es el intento de construir un vínculo entre estos dos territorios de la vida pulsional del sujeto. ¿Qué fronteras debe afrontar el psicoanálisis del siglo XXI?

Partamos de la idea, fecunda, de frontera. La frontera supone un límite trazado entre dos territorios, dos espacios que existen a partir de ese momento como distintos, como extranjeros el uno para el otro. Antes de trazar una frontera no hay distinción posible entre espacios. De hecho, sin frontera no podemos concebir al propio espacio. La frontera hace existir dos territorios de modo que puedan mantener una relación de reciprocidad, con una medida común entre ellos. Es lo que sucede, por ejemplo, con el cambio entre monedas de dos países distintos. La medida común permite la reciprocidad. Es una idea que Lacan investiga en su texto, difícil, titulado Lituraterre, donde distingue la frontera del litoral, siguiendo la distinción entre la lógica del significante, que traza fronteras simbólicas, y la lógica de la letra, literal, que hace más bien de litoral en lo real. Cuando se trata de la letra, todo un dominio hace de frontera sin que haya pasaje al Otro lado, porque no hay en realidad Otro lado, sólo corte, discontinuidad. El litoral es una frontera muy extraña porque no conduce a Otro lugar. Es la experiencia que podían tener, por ejemplo, los habitantes de uno y otro lado del Atlántico antes de que Cristóbal Colón dibujara sin saberlo una frontera entre ellos con el viaje de sus tres carabelas. Debía ser una experiencia extraña, que ya no podemos conocer, ante la inmensidad de un territorio que no conducía a ninguna parte. Una frontera, en cambio, además de diferenciar dos dominios, supone que hay un pasaje posible de Un lugar al Otro. Es la ley del significante, que permite al sujeto remitirse de un significante a otro, y ser entonces representado por un dominio en relación al otro. La letra, por su parte y tal como Lacan la elabora como distinta de una representación gráfica del significante, no supone al Otro, se inscribe más bien en el lugar del Otro que no existe, supone un corte, un agujero real en los semblantes, en los significantes del lenguaje.

Valga esta breve introducción para responder a la pregunta de un modo acorde con la experiencia analítica orientada por lo real.

El psicoanálisis ha tratado siempre con el dominio más extranjero que existe para cada sujeto, un dominio sin fronteras precisas, imposibles de delimitar en el mapa, una terra incognita que sólo aparece como un espacio en blanco hecho de litorales y de discontinuidades. Freud lo llamó inconsciente y es un dominio que cambia con el tiempo, como cambia también la clínica de un tiempo a otro, como cambia el propio psicoanálisis a través de las décadas. Llamamos también a ese dominio "el campo del goce", retomando el término que Lacan introdujo para condensar la libido freudiana y la pulsión de muerte. Cuando se trata del goce, no hay reciprocidad posible, hay sólo una extranjeridad radical. No podemos decir, por ejemplo, que el goce del sujeto es el goce del Otro, como sí podemos decirlo del deseo según la conocida fórmula lacaniana: "el deseo es el deseo del Otro". También podemos decirlo del amor que, cosa extraña, Lacan sostenía que siempre era recíproco: amar es siempre ser amado por el Otro.

En la heterogeneidad territorial que existe entre estos dos dominios del amor y del goce, siempre extranjeros el uno para el otro, podemos situar toda la serie de malestares y síntomas del sujeto contemporáneo que suele llegar al analista precisamente con una queja a partir de su experiencia singular de extrañeza, de imposibilidad de gozar de aquello que ama y de amar aquello de lo que goza, de lo que goza siempre a pesar suyo.

Pues bien, estamos asistiendo precisamente en este siglo XXI al declive definitivo de una clínica, la del DSM, que creía poder trazar fronteras precisas, clasificando hasta el infinito los malestares del sujeto con su descripción normativa. Y la propia psiquiatría no puede concebir hoy qué viene después de ese mar difuso de síntomas y malestares que se abre cada vez más, como tampoco podían concebir los habitantes precolombinos qué venía después de su litoral marítimo.

La experiencia de la transferencia analítica, de la clínica bajo transferencia —como la ha definido hace tiempo Jacques-Alain Miller— es siempre una novedad en el campo de la clínica. Es un nuevo discurso, la apuesta de cada sujeto para investigar esa zona de inclusión y de exclusión entre amor y goce que está en el núcleo de su malestar. Es una apuesta, cada vez renovada, para saber si puede amar aquello de lo que gozaba, sin saberlo, en su síntoma. Dicho de un modo que retoma los términos anteriores: se trata para cada sujeto de saber inscribir y leer su litoral, el de la instancia de la letra de su inconsciente, allí donde no hay frontera posible entre territorios para siempre extraños entre sí, nunca recíprocos. Saber leer la letra del texto del propio inconsciente, esa terra incognita de cada uno, es el fin propio del psicoanálisis, con el efecto terapéutico, el único realmente deseable, que se deriva de ello.

Pero digamos a la vez que el mismo psicoanálisis, desde que Freud descubriera el inconsciente como un Cristóbal Colón del siglo XX, es y funciona como una terra incognita de nuestra civilización. Lo es incluso para sí mismo. Por eso necesitamos la experiencia de la Escuela, que es una forma de inscribir y de leer los litorales tanto del analista como del sujeto que llama a su puerta, allí donde sus fronteras ya no sirven o han desaparecido para tratar el malestar del síntoma.

2.— En Roma, usted nos ha indicado un próximo tema de trabajo que se anuncia, por su contenido, fértil para el psicoanálisis: interrogar la articulación entre los restos sintomáticos y los restostransferenciales. ¿Puede trazarnos este tema de investigación?

Es la investigación que llevamos a cabo en esa terra incógnita privilegiada de nuestras Escuelas que es la experiencia del pase, una experiencia después del final del análisis. La experiencia del pase es también un litoral del psicoanálisis, una experiencia heterogénea a la del propio análisis, en un dominio sin fronteras establecidas o dibujadas previamente. El pase es nuestra propia extranjeridad en la que sólo nos podemos adentrar a partir del trabajo y de los testimonios de los Analistas de la Escuela.

Sacamos de esa experiencia en cada caso una enseñanza muy valiosa sobre lo que hemos aislado y llamado "los restos sintomáticos", los restos opacos de goce una vez el síntoma ha sido reducido a su sinsentido. El núcleo del sinthome que encontramos en la última enseñanza de Lacan está hecho de estos restos sintomáticos una vez han perdido su poder patógeno y pueden ser reutilizados en la invención de cada sujeto. Lo que me parece interesante es el vínculo que podemos establecer ahora entre estos "restos sintomáticos" con aquello que el propio Freud denominó, precisamente en su texto final de "Análisis terminable e interminable", los "restos transferenciales" de un análisis. Los postfreudianos creían que el final de un análisis consistía en la liquidación de esos "restos transferenciales", restos que adquirían entonces, como señala Freud, un tinte paranoico. Es el drama de la propia institución analítica cuando cree que puede curarse de la transferencia, del sujeto supuesto saber, de la creencia en el inconsciente. La historia de la IPA puede leerse muy bien siguiendo el pentagrama de esta armonía imposible de la liquidación de la transferencia. Hay que decir que el cientificismo de nuestra época nos empuja a ello, en la creencia —valga aquí la redundancia del término— de que el saber de la ciencia puede ahorrarse esa creencia tachándola de religiosa. Hay cierta verdad en ello cuando los propios analistas no pueden decir nada del destino de la transferencia en su propia formación y en su propia experiencia. El psicoanálisis puede virar entonces hacia la religión, como le sucede a veces a la propia ciencia que ha tomado en muchos casos el relevo de la religión como lugar de autoridad del saber.

En las Escuelas de la AMP se trata por el contrario de dar su justo lugar a la transferencia como el motor mismo de la experiencia analítica y de su transmisión en un uso que no sea de impostura, de pura sugestión o de creencia en el saber. Ahí, cada uno debe encontrar su vínculo singular entre los restos sintomáticos y los restos de la transferencia.

¿Qué hace cada uno con los restos de la transferencia en su propia experiencia? Es la pregunta que debería dirigir la elaboración de cada miembro en nuestras Escuelas. Para mí, una idea fulgurante de Jacques-Alain Miller expuesta en un tweet funciona como una brújula: "El común de los mortales tiene su sujeto supuesto saber en el exterior, un analista debería haberlo introyectado = confiar en el trabajo de su inconsciente". Pero hay que seguir esa consigna con la que viene en su siguiente tweet: "¿Puede uno confiar en su inconsciente? Sí, estando siempre en guardia, ya que hay traidores y sin fe, y otros que son tontos…"

Me parecen dos principios para una suerte de "Oráculo manual y arte de prudencia" —como el título de la obra de Baltasar Gracián— para un analista a la altura de su tiempo. Continuar leyendo


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